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sábado, 3 de maio de 2014

TARACEIAS de António Ameneiros, em Junho de 2010




Estos cuadros están realizados con la milenaria técnica de la taracea que consiste en la sucesiva incrustación de diferentes piezas (en este caso de madera) en un fondo hasta formar un dibujo o escena previamente escogida.
Todos estos cuadros están realizados totalmente a mano con cuchilla, sin utilizar ningún tipo de máquina. Son todas piezas únicas e irrepetibles.

Taracea, procedimiento de insertar pequeñas piezas de un determinado material en un fondo macizo con el fin de crear un diseño decorativo. La taracea más utilizada consiste en incrustar en madera El efecto del contraste depende del color y la textura de los materiales utilizados. Por ejemplo, las maderas exóticas y maderas ligeramente coloreadas, permiten diseños de gran belleza y finura. El método normal requiere cortar el material que se va a incrustar con la forma del diseño deseado, que puede ser figurativo o geométrico. Después se coloca sobre el soporte en el que se quiera incrustar y se dibuja su contorno con una cuchilla afilada. Se hace un hueco no muy profundo y se pega en su lugar la taracea correspondiente. La superficie resultante suele ser, casi siempre, lisa. Por lo general la taracea se utilizó para decorar muebles, instrumentos musicales y pequeños objetos de madera. Se encuentran ejemplos de taracea particularmente delicados en el mobiliario chino de la dinastía Ming (1368-1644) y el manufacturado en la India para el mercado europeo a partir del siglo XVII. En Europa la taracea se ha empleado sobre todo en los siglos XVI y XVII. A finales del siglo XVIII y principios del XX se utilizó, debido a la influencia del movimiento Arts & Crafts, sobre todo en muebles.

NATUREZAS, pintura de Mary Carmen Calviño, Junho de 2010









En busca de la naturaleza quebrada.
Es frecuente la utilización del contraste, aunque armónico, de luz y sombras en la obra pictórica de Mary Carmen Calviño que como una voz interpuesta entre ambas la pintura comunica su personal interioridad, recordándonos esa aspirada paz horaciana. En sus cuadros más que bodegones y paisajes desfilan ante nuestra mirada estados anímicos, encarnados en recuerdos, y que se transforman en creación artística. Porque su arte se nutre al mismo tiempo de un presente observado: luz y entorno, y de un pasado: vivencias. A la par que armoniza bien lo subliminado con la naturaleza, adquiriendo cada uno de sus cuadros, dentro de su habitual estilo, entidad y perfil propios. A través de los óleos de Mary Carmen Calviño se percibe una cierta intencionalidad nostálgica de revivir la Galicia campesina y del litoral, especialmente en su época otoñal, que se refleja en un colorido intenso, vivo y dinámico , proyectando nostálgica realidad gallega. Una naturaleza de tenue y delicada luz que envuelve e ilumina el entorno, pero de rasgos distinguidos diluidos en sombras que nos ocultan los detalles y, aunque confusos, sin embargo nos muestran los perfiles del paisaje. Un paisaje añorado, quebrado y recreado, dándole forma emocional y envuelto en un agradable aliento poético. Ciertamente, sus marinas dinámicas pero también expresivas, constituyen un armonioso concierto cromático. Cromatismo que va desde los matices del bermellón o del ocre oro hasta el verde esmeralda o el gris. Lienzos vivientes que parecen personajes engalanados con el rojo de los sentimientos, el dorado de las ilusiones, el verde de la esperanza o el gris plomizo de la firmeza del mar de Eduardo Pondal. Este mar, lleno de contrastes y paradojas, es un perfecto escenario de momentos determinantes en busca del quebrado mar interior de los sentimientos del paraíso perdido, a la vez que convierte sus marinas en un prolífero manual etnológico. Sinfonía de colores aparentemente opuestos, dotada de un entrañable encanto, que al mismo tiempo pugnan, se amalgaman y atraen, produciendo esta alianza de elementos rivales una imagen de vitalidad, ensueño e inmensidad. Donde la figura humana no aparece, pero se intuye que desde la lontananza observa el paisaje, especialmente las quebradas aguas saladas como un camino abierto e interminable hacia cualquier punto soñado del océano, sintiéndose navegante afortunado. Mary Carmen Calviño pinta sus marinas hacia el crepúsculo, donde lo real, un sin fin de recuerdos rescatados y lo onírico se fusionan, otorgándole grandeza a lo nimio o sensibilidad a lo sublime. Cuando oteamos, igual que los acantilados, esa gama de colores y sumergimos nuestra mirada en sus profundas aguas -quizás pobladas de mitos y leyendas- y sombras, asimismo nos ofrecen visiones oníricas o nos inducen a saborear recuerdos; tal vez porque así sean realidad estos oleos.

Manuel Cousillas Rodríguez